DESOBEDIENTES

Desobedientes

“Una fuerza se arroja sobre un punto aferrado al plano,
que se ve arrancado y desplazado.
Queda aniquilada así la tensión concéntrica del punto
 y nace una nueva entidad: La Línea”.

Vassili Kandinsky

“No hay nada más difícil que una línea”.

Pablo Picasso

Siempre fui desobediente.

Fui la quinta hija de una familia como tantas y el ser la quinta me daba ciertos privilegios, como el cansancio de mi padre y de mi madre para corregirme, enseñarme modales, cuidar mi vocabulario mi higiene, el orden de mis pertenencias, por lo cual fui y sigo siendo desordenada espontánea y no suelo cuidar mis formas mis maneras. Otra regalía era que aprendía rápidamente de mis hermanos y hermanas mayores, era muy observadora escuchaba con atención y copiaba por lo cual muchos secretos que otros niños descubrían a los seis yo ya lo tenía claro a los cuatro, todo antes y no fue perder la inocencia fue adelantarme a los acontecimientos.

 Pero también me daba ciertas desventajas como ser la rehén de mis hermanos y hermanas mayores, la mandadera, la no tenida en cuenta, la molesta. De todos modos, nada me afectaba demasiado, había generado una suerte de defensas que fui perfeccionando con el tiempo. Y esas defensas consistían en desobedecer. La desobediencia producía enojos y más enojos, castigos y burlas de mis hermanos y hermanas. Es decir, entraba en bucle.

Un día de febrero en Las Toninas todos se fueron a la playa menos mamá y yo, a mí me dejaron en casa, me obligaban a dormir la siesta, tiempo odiado por los niños. Tenía siete años. Esto generó mi rabieta y desobediencia, me escapé de la casa y salí sola a la calle. No fui muy lejos, obviamente. Cuando se dieron cuenta de mi escape me castigaron y así otra vez comenzaba la serie. Pero un día dije ¡basta! Lloré tanto que me quedé sin voz. Entonces Clara, mi hermana mayor, se conmovió y a pesar de ser fría y poco cariñosa me consoló y me llevó con ella de compras. Fue la primera vez que me sentí amada, o al menos reconocida por una hermana. Me compró un cuaderno de hoja lisas, una caja de doce pinturitas, un lápiz negro, una goma de borrar, un sacapuntas de madera y una cartuchera fea, pero no me animé a rechazarla. Del cuaderno me dijo que era un diario, que debía escribir y dibujar en él cada día.  Y así lo hice. Dibujé dibujé dibujé y a medida que iba creciendo escribí, me animé a escribir. Comencé a llevar un diario, género que investigué en mi secundaria. Dibujaba y escribía, luego vinieron los collages, mis pegatinas, como yo las llamo.

Cada línea es un camino, un itinerario, representa un trayecto un recorrido, es un eje una frontera o un enlace, tiene extensión dirección y grosor. Las había de todo tipo: recta, horizontal o vertical, que dan sensación de más estatismo, oblicuas, ascendentes o descendentes que dan más dinamismo. Además, hay líneas curvas, quebradas, onduladas y mixtas. Las hay de igual grosor en su recorrido, homogéneas, o menos gruesas, línea enfatizada o modulada, continua o discontinua. Luego fui aplicando color, matiz tono y saturación. Algunas eran geométricas otras seguían a la naturaleza. Las líneas también eran desobedientes. De los diez a los doce años abandoné mis diarios, la enfermedad de mi madre no me permitía ni dibujar ni escribir, a duras penas terminé la primaria. Creo que ante el dolor y la muerte, mi diario, lejos de ser una catarsis, comenzó a parecerme algo absurdo sin sentido, qué valor podía tener mi palabra, tan insuficiente, limitada, desprovista de ilustración, propia de una niña. Mi madre se estaba muriendo ¿y yo iba a hablar de mí? Mi sinceridad era grotesca. Además, era una niña muerta de miedo.  Cada suceso cotidiano era triste, nada más que lágrimas podía verter frente a la hoja en blanco de mi diario. No valía la pena ni escribir ni dibujar. Los clausuré, quedaron guardados olvidados en el fondo de mis cajones junto con las bufandas los gorros y guantes de lana. Allí pasaron varios inviernos.

Pero luego llegó la adolescencia, mis hermanos y hermanas se fueron yendo de casa, mi padre se casó nuevamente. Elvira era una buena mujer, pero no era mi madre, nunca la acepté, la respeté y punto. Entonces volví a mis dibujos y compré cuadernos para retornar al diario. Mis diarios no eran poéticos, ni pintaban en sí mi vida, ni mi casa, ni mis amores adolescentes, ni mis peleas ni mi gusto por el rock o por la ropa que usaba. Sentía que no era atractivo lo que escribía, nunca le interesaría a nadie, porque supuse que tal vez, algún día, alguien podría leerlos. No sabía muy bien para qué los guardaba, sí eran necesarios en mi vida, algunas veces MI YO me agotaba en esas páginas garabateadas y dibujadas, llenas de líneas que se alejaban y se acercaban y formaban planos, generaban formas, mis formas de vivir, organizaban espacios, relaciones rítmicas, resonancias, equilibrio y desequilibrios, las cargué de expresión y emoción.

Sin embargo, poco a poco fui dejando el dibujo y la pegatina y solo escribía, la palabra superó a la imagen. La narración de historias me salvó la vida cuando vinieron los tiempos difíciles, cuando desapareció mi hermano Raúl, más desobediente que yo, cuando huyeron a Méjico Felisa Carlos y mi sobrino Pablo, por desobedecer, cuando la larga enfermedad de papá quien desobedeció a los médicos y no quiso curarse; y el suicidio de mi amiga Silvina, que desobedeció los mandatos sociales y no toleró ser excluida. Todos y todas muy desobedientes.

 Mi narración me pertenece, me identifica, pero no siempre es mi propia vida sino la de mi territorio, mi espacio, tus acontecimientos, nuestros sucesos, sus circunstancias, la de mi gente en este hospital, donde vivimos las desobedientes trazando líneas…de vida. Así que fui perdiendo sinceridad prejuicios, maquillé, distorsioné, disloqué, saqué y puse y la pegatina fue de letras no de papeles de colores, aunque las palabras tienen muchos colores. Así que escribo para desobedecer, que es mi mejor manera de aliviarme, no ya de mis hermanos y hermanas, sino de este mundo enajenado, persistentemente absurdo y eternamente injusto. Y punto.