CIELOS ENCERRADOS II

El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades: pero les dio un subsuelo profundo y sólido – la sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo.

Michel Foucault

CIELO 4 – LEER

“Nos, los representantes…”.

Luisito M. se asoma a la puerta de mi aula, al quiosco, con una Constitución en la mano, me llama y me dice.

– ¿Se acuerda que yo no sabía leer y usted me decía que lea en voz alta, todo el tiempo?

– Sí- respondí.

– Mire-  En realidad debía haber dicho “escuche”. Y comenzó a leer el preámbulo, lo leyó todo de corrido. Al finalizar me dijo con una sonrisa amplia que mostraba sus dientes rebeldes.

– Esto se lo debo a ustedes.

Saqué mis brazos y mi cabeza por el quiosco, tomé su rostro regordete entre mis manos y le di dos besos.

CIELO 5 – LA SIESTA ETERNA

Después del almuerzo cada uno fue a su celda. Silencio de la siesta. Nadie vigila. En su celda Walter A. escribe una carta. En su celda pequeñita es libre de elegir. Elige dejar su alma en libertad.

A los diecisiete años dormirá la siesta eterna. Con las tiras de su frazada desgastada tejió una soga y subió al cielo. Lo bajaron embolsado después de la siesta, sus compañeros escucharon cómo el cuerpo golpeaba los escalones al bajar. Lo dejaron solo, solo.

Nadie habló, todo quedó callado como el silencio de la siesta. Las razones aún no fueron esclarecidas dice el diario mentiroso.

CIELO 6 –  LAS PALOMAS

Los alfeizares de las ventanas del segundo piso del Agote están pobladas de palomas. Anidan y se burlan de los internos. Miguel A. y yo mirábamos cómo una paloma fea empollaba sobre un nido desprolijo.

-Es mala, maestra, la mataría –  dice Miguel.

– Mire cómo mató a la otra.

Otra paloma parecía dormida delante del nido, medio cuerpecito afuera de las rejas.

– ¿Está muerta? – pregunté.

– Sí, esta turra la mató a picotazos, yo la mataría, asesina.

Y mientras sentenciaba a la pena de muerte a la paloma que empollaba, golpeaba el vidrio reforzado del aula.

-Asesina, asesina –  le gritaba. Miguel A. ya tiene su condena por doble homicidio. La paloma, libre, del otro lado no lo sabe.

CIELO 7 –  EL AUSENTE

Todas las horas de clase Mauro M. se apoya en su silencio y observa la calle, allá abajo, se va. Ve cómo pasa la señora del carrito con su hija colegiala, el vendedor de plantas, la chica de los pantalones rojos apretados, el barrendero que junta las hojas en la esquina de Charcas y Darragüeira y con qué esmero las arroja en su carro.

Sigue una y otra vez a los transeúntes.

– Mauro, vení a la clase, volvé Maurito, a dónde te fuiste esta vez.

– Detrás de aquel culito, pero ya vuelvo maestra, porque la piba no me dio cabida. Me voy en patineta.

Pero Mauro no vuelve nunca, se va detrás de otras libertades, de otras vidas, todo lo que le da la mirada. Me pide permiso con sus ojos verdes para seguir allí junto a la ventana y yo lo dejo.

– Cuidado al cruzar la calle- le digo- mirá bien. Me sonríe y vuelve a irse.

CIELO 8 –  FRÍO DE ROCA

No es una frase, el frío cala los huesos, sube del piso. A través de las rejas entra un rayo de sol. De pie, en el fino cono de luz que duerme en el piso, observo cómo escriben, garabatean, intentan describir, buscan adjetivos.

José está concentrado, con sus rulos mojados, aprieta el lápiz y piensa. Relee las líneas escritas, sus pestañas le hacen sombra en sus mejillas rosadas. Hace frío.

Fabián dibuja con cuidado las letras, suspira, piensa. Le brilla el cabello lacio a la luz del sol pálido que viene y se va. Hace frío.

Maximiliano, en ojotas, mueve el pie cruzado, tiene dolor de espalda, se estaba yendo. Hoy volvió con su cabeza mechada de amarillo.

Silencio en el aula. El ruido de afuera no parece molestar. Hace frío. Es hora de describir. El frío, al que los chicos están acostumbrados, sentado en las rejas los mira y los describe a ellos y a una maestra vestida de negro, cabellos rojizos, heladas las manos, que en silencio describe también el frío de Roca vestido de azul intenso.