NO SIEMPRE HAY UN REGRESO

Nos volveremos a ver porque siempre hay un regreso.
Nos volveremos a ver en algún lugar del tiempo.

Andrés Calamaro

Timbre. Buen día. Ah, sí, tres de manzana y tres de pomelo sin gas. Ah, qué lindo sos, ojitos verdes, cómo te llamarás, ¿le pregunto?, no, queda mal. Aquí está.  ¿Cuánto es? Dos mil cuatrocientos. Bueno, gracias. Buen finde. Buen finde. Ojitos verdes como los de mi gata.

Así nos conocimos. Cada viernes después del mediodía venía ojitos verdes y nos sonreíamos, hasta que un día lo invité a salir. Mi viejo me advirtió que no era para mí, que era solo eso, ojitos verdes, que me iba a aburrir pronto. ¿De qué va a hablar con él, de sodas, agua mineral, jugos? ¡Vos que te la pasás leyendo a Borges!

Y salimos y tomamos cerveza y yo no hablé de Borges ni él habló de sodas, hablamos de las penas, de su madre y de la mía. Él había nacido en Entre Ríos, su padre era judío, su madre no, por lo tanto él no era judío. Hablamos de su escuela primaria y de la mía y de la secundaria que no había terminado y de cuando se vino a la capital y durmió debajo de la autopista. Yo le hablé de mis desamores y desengaños. Otro día fuimos al Moderno, nos gustaba el arte, no lo entendíamos pero nos quedábamos haciendo crítica y nos reíamos. Y otra cerveza. Cada viernes cuando sonaba el timbre llegaba ojitos bonitos, lo atendía papá o yo y chau buen finde. Y nos seguimos viendo, fuimos a ver a Huracán y al cine. Ojitos verdes me hacía reír porque era simple, simple y claro como el agua limpia, no tenía caprichos, aceptaba mi propuesta y me aclaraba que no tenía guita, o algo. Comíamos choripán, bebíamos cerveza y escuchábamos rock nacional y hacíamos el amor sin prisa.

Un día me dijo que se iba a probar suerte a España, ¿a hacer qué? le pregunté, allá no toman soda en sifones. No, no sé qué voy a hacer, me buscaré la vida. Y buscátela acá le reproché. Vámonos al sur le propuse. Se rio se rio tanto. Se fue no más, me dijo que nos volveríamos a ver porque siempre hay un regreso.

Pasaron cinco años, pandemia por medio, toda mi vida había cambiado. Ya no tomábamos soda, papá murió de covid, vendí la casa, me fui al sur. Me dediqué a lo mío, el diseño gráfico. No me iba tan mal. Un martes a la mañana en la feria de El Bolsón lo vi, sí era él, ojitos bonitos. El pelo largo, barba, iba con una chica fea y un bebé en un carrito. Lo vi de lejos, me fui acercando. Fue un encuentro extraño, nos saludamos con una sonrisa, me presentó a su mujer española y a su hija. ¿Y vos qué hacés acá? Trabajo le dije y también me busco la vida. Ella lo llamó y eso fue todo. Nos volveremos a ver, le dije, porque   siempre hay un regreso.

Y pasó el tiempo, la vida, once años. Después de la tercera Gran Guerra me volví del sur. Acababa de cumplir los treinta y siete. El país desolado, el mundo devastado. Era el Apocalipsis, como me decía mi amiga Sabrina.

Llovía aquel sábado por la tarde y yo caminaba por la calle Corrientes buscando algún indicio de cordura, queriendo ubicar alguna de aquellas librerías de mis años de adolescente, esas librerías de viejos y usados, cuando lo vi, subido a una moto, era él, corrí y grité su nombre. ¡Miguel! ¡Miguel! Era ojitos verdes. Y cuando giró la cabeza buscando de dónde venía el llamado cambió el semáforo y él no arrancó y el taxi lo embistió. Entonces corrí entonces grité lo vi tirado en el asfalto sin casco, la cabeza sangraba. Grité grité, pedía una ambulancia.

 ¡Miguel!¡Miguel! Lo abracé en el piso, sin moverlo. ¡No te muevas aguantá ya viene la ambulancia! Le tomé la mano lo acaricié le corrí el cabello. Casi dudé si era él. Iba cerrando los ojos. ¡No te duermas!¡Ya estoy aquí con vos me quedo! ¡Esta vez me quedo! Me sonrió me sonrieron esos ojitos verdes tristes. ¡Pablo! me dijo, nos volveremos a ver en algún lugar del tiempo, vas a ver. Y cerró los ojos y no los abrió nunca más. La ambulancia lo llevó, muerto, y no paraba de llover.