Camino por la vereda de la sombra

Camino por la vereda de la sombra y voy comiendo mandarinas. Amo las mandarinas. Al lado de la escuela vive doña Silvina que es una viejecita que sonríe y está siempre vestida de negro y al mediodía cuando salimos de la escuela aparece con una canasta llena de mandarinas y las regala. Yo siempre acepto. Voy comiendo mandarinas con Amparo camino a casa. A veces nos siguen las mariposas. También comemos nueces, pero peladas. Amparito vive en la otra cuadra, enfrente de la iglesia de Lourdes donde este diciembre tomaremos la primera comunión. Ampi y yo nos conocimos en el catecismo y luego en primero superior, no, primero en el aula y luego en la iglesia. Ella se mudó hace poco al barrio, viene de España, su papá murió por un señor dictador que hay por allá y ella vino con su mamá. Me gusta como habla Ampi, me dice tú eres muy guapa y yo me río. No hay nada más lindo que conversar con Ampi, usa palabras diferentes y mientras ella me cuenta dónde está España, de su pueblo, dice pueblo, no barrio, yo voy pelando las mandarinas las dulces mandarinas. Es octubre, pronto será mi cumpleaños. Ya hace calor y el sol pica, ella me dice refranes… el sol de octubre la lluvia encubre, pero no llueve. Ella extraña su pueblo. Somos mejores amigas.  Ampi y su mamá volvieron a España cuando el señor dictador se murió. Nunca más la vi. Cada año cuando llegan las mandarinas a la verdulería, para octubre, compro un kilo y cuando vuelvo del trabajo a casa, vivo en la misma, voy comiendo mandarinas. Su perfume me recuerda a Ampi, sus rulos su acento andaluz su calidez. Eso sí, camino por la vereda de la sombra.